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domingo, 29 de abril de 2018

Viviendo deprisa

Y pese a llevar el título de una canción de Alejandro Sanz, poco tiene que ver la
Imagen tomada de ABC
reflexión de hoy con su música. Seguimos con más siglas, pero en esta ocasión no tan amenas como las que os presente hace un par de semanas (ABP, TIC, ABN,...¿recordáis?), sino unas que nos afectan dentro y fuera del ámbito escolar, dado que ninguno estamos exentos de padecerlas. Si, de eso se trata: de padecerlas. Me refiero a las TAC o trastornos de la alimentación. Y de cómo nos vamos a la deriva como sociedad. De eso sobre todo.


Esta semana pasada hemos tenido una formación para profesores sobre este tema, y aunque ya conocía bastante sobre él, no deja de ser algo que conviene tener muy presente, pues todos, tanto docentes como padres y madres, hermanos, amigos, debemos saber detectar lo antes posible.
Sin meterme en profundidades que no me competen, señalar que según explicó la experta, todos estos trastornos suelen comenzar como una simple e inofensiva dieta, que en la mayor parte de ocasiones esconde un problema de fondo mucho mayor, bien sea de bullying, o en el ámbito doméstico-familiar. En definitiva, algo no resuelto de la vida, algo a lo que no somos capaces de poner freno y optamos por recibir una satisfacción personal controlando algo tan íntimo como la ingesta de alimentos. Es un mecanismo nada fácil de comprender, es lo que tiene la mente humana, pero si nos detenemos por un momento y nos ponemos en la piel de esos jóvenes inseguros e inconformistas, podremos comprenderlo con más facilidad.

Como profesora de secundaria, me llama la atención ver el grado de mímesis al que llegan los alumnos entre sí; ellas, las mismas colas en el pelo, las mismas pulseras, las mismas zapatillas. Ellos, el mismo corte de pelo, la misma colonia, las mismas carcajadas. Necesitan sentirse parte del grupo, ser uno más, un igual. Definitivamente, bajo su punto de vista, no hay mejor manera de verse integrado que anulando el gusto personal y copiando hasta la extenuación a esos a los que queremos pertenecer.

Y no es que me sorprenda. No. Todos hemos sido jóvenes y seguro hemos actuado igual aunque no lo supiéramos en aquellos momentos. Pero a día de hoy, la vida nos exige mucho, principalmente en relación a nuestra imagen. Y como no, sobre todo a nosotras. Chicas y mujeres, y cada día más a nuestras niñas. Publicidad estereotipada, con mujeres cuya belleza radica en un cuerpo perfecto, un maquillaje infalible, unos tacones de vértigo y poca ropa. Demasiada poca ropa. Videoclips de música con posturas, actitudes y constantes insinuaciones de carácter sexual. Letras plagadas de dobles sentidos, bailes casi obscenos y siempre la mujer con cuerpo perfecto, con o sin silicona, con o sin Photoshop, pero siempre dispuesta a lo que el hombre quiera.


Y dentro de toda esa perfección que vivimos, ¿dónde queda espacio para el que tenga unos michelines, unas caderas anchas o una cintura que poco recuerde a la de una avispa? Simplemente no queda. Entonces, o te conviertes en un bicho raro, o claudicas y te conviertes en uno más. Y eso es lo más fácil: la imitación frente a la originalidad. La imitación para ser admitido. La imitación caiga quien caiga, sea como sea. Por eso nos dejamos un dineral en productos light, que no sólo no hacen lo que publicitan, sino que lo único que adelgazan es nuestro bolsillo; nuestras niñas se maquillan con doce años como auténticas profesionales de la moda, y nosotros las animamos a ello, porque ¿y si su amiga va a salir más guapa en las fotos de Instagram que nuestra pequeña influencer?

Y todo ello va en cadena: nuestros pequeños queman etapas a gran velocidad. Vivimos con prisa y no tenemos tiempo para atender a los peques; necesitamos que crezcan rápido, sean autónomos lo antes posible. Y si un niño a los diez quiere ser youtuber, es bastante probable que a los trece empiece a beber algo más que Cola Cao y Coca-Cola, y como en el fondo no es más que un niño, seguramente no conozca los límites, ni las consecuencias de todo aquello que haga. De ahí, entre otros factores, surgen los padres sobreprotectores, sin darse cuenta de que son ellos los principales hacedores de esos pequeños monstruitos que navegan con prisa por el ancho mar de la vida. Intentan proteger aquello que ellos mismos han creado y ahora no saben cómo frenar. Les han dado todo, les han animado a crecer deprisa y se les ha ido de las manos.


Y no quisiera terminar esta entrada sin decir que tal vez suene pesimista todo lo aquí expuesto, pero en una semana en la que se ha conocido la sentencia a La Manada, no cabe reflexión de otro tipo.

Tenemos una sociedad cada día más podrida, una justicia cada día más parcial y somos cada día un poco más superfluos y superficiales. Lástima de nuestros niños que viven de prisa, entre extraescolares y niñeras (o mejor au pairs por aquello del bilingüismo), que para paliar la falta de dedicación diaria son comprados con viajes espléndidos, hamburguesas o móviles de última generación. Lástima que el dinero intente comprar desde nuestra salud, con tanto producto light, a la felicidad de nuestros niños. Lástima de sociedad que se va al garete.

Así que yo ahora, cierro mi ordenador y abro un libro para compartir un ratito con mis peques, que eso si que no se compra con dinero.

¡Hasta la próxima entrada!

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